sábado, agosto 24

La noche del incendio

La historia de ellos existe porque se enamoraron con locura y, también, porque les rompieron el corazón en tiempos similares.

No se enamoraron entre ellos, ni siquiera lo consideraron jamás. Él lo hizo de una niña buena; ella, de un niño bueno. La lógica, o los amigos, o la gente chismosa, decía que iban a ser felices cada quien con su cada cuál. Si alguien lo arruinaba, seguro sería él, o ella. Porque la gente buena no rompe corazones, ni realiza acciones hirientes; son buenos y ya.

Sucedió, dejándolos compartiendo una tristeza llena de canciones y películas que uno le recomendaba al otro, o simplemente mencionaba por si acaso. En esa suma, las soledades se besaban, se arrinconaban y se desnudaban, pero no desaparecían. Estar juntos era sólo un artificio para no estar completamente solos.

Hay algo que él no sabe: Lo mucho que tuvo que ver en que ella volviera a pegar los pedazos de corazón para por fin seguir caminando. Fue el único que sin palabras bonitas le dijo que lo superase antes de llegar a un nivel más patético aún. A veces uno necesita la sal, no lo amable, ni lo bueno y bonito.

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