domingo, junio 3

Kiss her goodbye


Todavía no logro entender cómo duré tanto con el señorito “no te creo cuando dices que me quieres”. No me atormenta y no lo pienso todos los días, suelo recordarlo cuando alguien me cuenta que su relación no va del todo bien. Si hubiese sido yo la “no creyente”, esa relación hubiese durado un tercio del tiempo. Si no nos quieren, mejor adiós ¿no?.

Cuando todo ya está muy gastado, al punto de casi desear la otra persona nos mande a la goma..., hay que ser valientes, gente. Ya sé, lo usual es algo así como “se requiere valor para ser el que diga hola (o el primero en decir Te quiero)”. También para terminar ya que nadie, nadie, quiere ser el malo del cuento.

En ese sentido soy egoísta, mucho. Este “no creyente” tenía mínimo un mes pensando eso. No puedo hacerme guey tanto tiempo. En el momento que me comienza a lastimar, sí, muchas veces sin querer lo sé, empieza ese proceso mental de “pero a ver, vale la pena?”. Son pocos días, medir de alguna manera el nivel de intéres y esas cosas. Llegado el punto de quiebre, suelo ser la que termina llorando y al mismo tiempo soy la mala del cuento.

A mí incluso esa zona gris de “sí pero no pero sí”, ese “nos besamos y nos mensajeamos pero no somos... o quizá sí... quién sabe?”. Todo eso no sé cómo se las arreglan para soportarlo. Entiendo el “mejor que nada” pero no entiendo la manera en que eso es mejor que nada.

Como dice Fernando Delgadillo (alguna vez lo dijo pero soy incapaz de encontrar esa versión de No me pidas ser tu amigo, en los youtubes) “los que prefieren los finales cortos y misericordiosos, antes que las amistades largas y malintencionadas”.

(hay una excepción a la regla -en mi vida-, claro)

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